Diásporas antiguas y contemporáneas como base de innovación disruptiva y transformación social

Escribo desde un remoto y bello rincón de Madrid, en el Pinar de San José, a una hora de los barrios céntricos codiciados por muy buenos venezolanos y, también, por otros compatriotas que muy lamentable y francamente son malos y detestables y que averguenzan a nuestro gentilicio.
 
Soy vecino del aeropuerto Cuatro Vientos, el primero construido en España, en los albores de la aviación en 1911. Ahora parece que sólo lo usan aviones de una hélice. Desde mi ventana, que da al parque y bosque de pinos mediterráneos y que me separa del aeropuerto, los veo despegar. Cuatro Vientos tiene una colección de antiguos aeroplanos que a veces hacen acrobacias y que me recuerdan las películas de la primera guerra mundial.
 
Llevado por inquietudes emocionales, y consideraciones prácticas, reflexionando sobre mi condición de emigrante y mi proceso de inserción en la actividad económica de la sociedad española, encontré un bello ensayo de Pedro Laín Entralgo sobre la hazaña hipocrática que, sorprendentemente para mi, tuvo que ver con las migraciones de los antiguos griegos. En efecto, Laín comienza diciendo:

La gran receptividad de la medicina popular griega para todo género de influencias, la como burbujeante movilidad de sus formas que de esa receptividad fue consecuencia y, sobre todo, su implícita apertura a la idea antimágica de una anánkē physeōs o «necesidad de la naturaleza» son, sin duda alguna, un remoto, pero esencial presupuesto de la hazaña hipocrática.

A continuación se pregunta:

¿hubiese sido suficientemente eficaz, respecto de la génesis de una medicina «fisiológica» y «técnica», sin el importante cambio que la vida colonial introdujo en la mentalidad y en los hábitos sociales de los antiguos griegos?

Laín responde: No lo creo, para luego afirmar que dichos avances en la medicina griega no hubieran sido posibles sin las decisivas novedades que entre los siglos VIII y VI va a suscitar en la vida helénica la existencia colonial.
 
En otras palabras las migraciones y, en términos muy contemporáneos de nuestra venezolanidad, la diáspora de los griegos antiguos dió lugar a una innovación disruptiva de la medicina como institución y como práctica.
 
Los dos párrafos siguientes son bellos y dramáticos. Proporcionan un marco de referencia a mis angustias migratorias y quizás otorgan sentido a la experiencia de la diáspora venezolana:
Reconstruyamos sumariamente los rasgos fundamentales de esta existencia. Impulsados por motivos a la vez económicos y políticos (superpoblación de la península helénica, lucha por el poder y la riqueza entre los nobles y el estado llano, entre «los gavilanes y los ruiseñores», dice Hesiodo, Trab. 202 ss.), millares de helenos abandonan la patria peninsular durante los siglos VIII y VII, y suman su sangre y su esfuerzo a la sangre y el esfuerzo de los aqueos, jonios y eolios que tres o cuatro siglos antes, a raíz de la invasión doria, habían fundado las primeras colonias griegas en las islas del Egeo y en la costa del Asia Menor. El mundo colonial helénico se enriquece y amplía. A fines del siglo VIII, toda la costa del Mediterráneo queda festoneada por docenas de pólis más prósperas y vivaces que las de la península materna. Mileto, Éfeso, Colofón, Samos y Cnido en las riberas del Egeo; Siracusa, Selinonte, Acragas y Leontinoi en Sicilia; Crotona, Tarento y Locros en la Magna Grecia, son entonces la avanzada de la vida y la cultura helénicas.
 
Los ciudadanos de esas pólis son indoeuropeos y griegos. En cuanto indoeuropeos, algo hay en ellos que desde sus más hondas raíces históricas les mueve a una visión «naturalista» o «cósmica» de la divinidad y el mundo. En cuanto griegos, son hombres en cuya viviente realidad se juntan una mirada aguda y sensible (Il. I, 389) y un alma especialmente abierta a la novedad vital y a la fruición de ver y saber (Herod. I, 30): el «impulso uliseico» de que han hablado algunos filólogos. Al salir de su tierra natal llevaron consigo su lengua, sus costumbres, sus tradiciones y creencias; el recuerdo mítico del pasado común que les enseña la recitación habitual del epos homérico, una religión tradicional, la olímpica, a la que recientemente se han mezclado elementos dionisíacos y órficos, y una doctrina teogónica y cosmogónica más o menos determinada por los mitos hesiódicos y por los que está difundiendo el orfismo. Pero al instalarse en la tierra a que les ha llevado la emigración se ven forzosamente sometidos, para rehacer su vida, a los tres principales motivos de la existencia del emigrante: una sensación de distancia, acaso de lejanía, respecto del suelo en que parecían tener su raíz las creencias y tradiciones que él ha llevado consigo; la necesidad de vivir resolviendo por sí mismo, en ocasiones desde un cero absoluto, los problemas que le plantea su nueva situación; el permanente contacto vital con paisajes inéditos y con culturas distintas de aquélla en que su alma se ha formado. La vida colonial, en suma, es la forma más acusada de la respuesta al «desafío del mundo en torno» que para Toynbee constituye el nervio principal de la operación histórica del hombre.
 
Me he detenido en estos dos párrafos del gran Laín Entralgo porque me conmovieron profundamente. Parece que la experiencia humana se repite a lo largo de los siglos. Estos párrafos me permiten sentir una profunda afinidad con los griegos antiguos que se expandieron por el Mediterráneo y son la base de Occidente.
 
¿Producirá nuestra propia diáspora un efecto transformador en nuestro querido y atribulado país, en América Latina, en España, en los EEUU, en tantos y tantos países adonde hemos llegado los venezolanos?
 
Entre gavilanes y ruiseñores, entre perversos intereses y nuestras muy vulnerables capacidades de supervivencia como sociedad democrática, ¿seremos capaces los venezolanos de encontrar sentido a la brutal experiencia que vivimos, expresada terroríficamente en el reciente apagón y en las más recientes persecuciones, torturas y muerte de quienes se atreven a dar la cara y desafiar al régimen maldito?
 
¡Espero que si, al menos a nivel de cada venezolano como individuo y, ojalá pronto, como parte de una sociedad que se reconstruirá a si misma con la importante e indispensable ayuda solidaria internacional!
 
Al reconocer en los antiguos griegos elementos comunes a mi naturaleza y a mi experiencia vital actual como venezolano emigrante, sentí la necesidad de escribir y publicar esta reflexión que dedico a mis amigos españoles que me han acogido con amor, enorme amabilidad y gran afecto.

Acerca de Lorenzo Lara Carrero

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2 respuestas a Diásporas antiguas y contemporáneas como base de innovación disruptiva y transformación social

  1. ¿Has leído ‘Tribes’ de Joel Kotkin (How Race, Religion, and Identity Determine Success in the New Global Economy)? Me he preguntado muchas veces si los venezolanos podremos conformar una tribu global como las define Kotkin. Yo creo que si, pero no ocurrirá de forma natural como con las tribus judías o indias (de la India), requerirá de ingenio y de un poco de ingeniería social.

    • Gracias, José, por tu comentario. Perdona el retraso en responder. Creo que la diáspora venezolana está institucionalizándose a través de diversas y muy variadas organizaciones con y sin fines de lucro… Estoy muy atento a ese proceso!

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